2010

"BIENVENIDO A MI BLOG"

20 de junio de 2026

TRAVESÍAS INMORTALES: El alba y los caminos.

 Mi libertad bajo las palabras, libertad de escribir para seguir viviendo.



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Salí de Huaraz a las cinco de la mañana.

La noche anterior había terminado mal con la mujer que amo, y cuando encendí el motor no era yo quien conducía. Eran mis manos las que sujetaban el volante, mis ojos los que miraban la carretera, pero mi alma se había quedado lejos, atrapada en alguna conversación inconclusa, en alguna palabra que no debió decirse o en algún silencio que debió romperse.

El amanecer comenzaba a desplegarse sobre las montañas. Los picos nevados se teñían de oro y el valle despertaba lentamente con una majestuosidad capaz de reconciliar a cualquier hombre con la existencia. Pero la belleza del mundo y la tristeza del corazón hablan idiomas distintos. Yo contemplaba aquel espectáculo como quien mira un cuadro desde detrás de un vidrio empañado.

La música sonaba baja, melancólica. Avanzaba casi por inercia. Hubo momentos en que descubrí que el velocímetro marcaba ciento cincuenta kilómetros por hora y me pregunté cuánto tiempo llevaba conduciendo así, ausente, convertido en una especie de muñeco de nieve animado por costumbre más que por voluntad.

Pensaba en ella.

Pensaba en mí.

Pensaba en esa pregunta que todos nos hacemos cuando alguien que amamos nos señala nuestras sombras: ¿seré realmente tan malo como ella cree?

A veces sentía que las lágrimas querían abrirse paso, pero seguía avanzando.

Entonces, cerca del cruce hacia Aija, sucedió algo inesperado.

Dos mujeres me hicieron señas al borde de la carretera.

No parecían ser de la zona. Frené más por instinto que por decisión. Una de ellas se acercó a la ventana y, con una cortesía tan extraña como sincera, me pidió que las llevara hasta Chancay. Era una emergencia, dijo.

Me ofrecieron pagarme bien.

Pero en aquel momento el dinero era la cosa menos importante del mundo.

Una subió adelante. La otra ocupó el asiento trasero.

Tenían los ojos hinchados. Habían llorado.

Y por alguna razón sentí que ellas estaban más tristes que yo.

La que se sentó a mi lado se presentó.

—Me llamo Paola.

Su voz tenía ese temblor que dejan las noches difíciles.

Seguimos avanzando. La carretera parecía interminable. Afuera corría el paisaje inmenso de la sierra; adentro viajábamos tres desconocidos acompañados únicamente por la música y por nuestras respectivas heridas.

Yo permanecía taciturno.

Ella fue quien rompió el silencio.

—Señor, ¿le sucede algo?

No tenía ganas de responder. Pero a veces es más fácil hablar con un desconocido que con alguien cercano. Le conté apenas unas pocas cosas.

Ella sonrió con tristeza.

—Seguro es el amor.

Asentí.

No hizo falta decir más.

Entonces me contó parte de su historia. Era enfermera. Su hermana dormía detrás. Su madre estaba internada de emergencia en un hospital.

No pregunté detalles.

Hay dolores que no necesitan explicarse para ser comprendidos.

Durante horas hablamos de la vida. De los sueños. De las decepciones. Incluso de política. Ellas intentaban hacerme reír de vez en cuando, aunque yo seguía habitando otro planeta.

Y mientras las escuchaba, ocurrió algo extraño.

Mis problemas seguían siendo los mismos.

Mi corazón seguía roto.

La mujer que amaba seguía lejos.

Pero comprendí que el sufrimiento nunca es exclusivo. Cada persona que vemos caminando por el mundo libra una batalla invisible. Algunos la esconden mejor que otros.

Yo creía estar viviendo una tragedia.

Hasta que me encontré con dos mujeres atravesando la suya.

Finalmente llegamos a su destino.

Descendieron del vehículo.

Me agradecieron.

Me pagaron.

No sé cuánto me dieron exactamente; solo descubrí después que alcanzaba para el combustible.

Nos despedimos.

Y nunca más las vi.

Volví a la carretera rumbo a Lima.

Pensé en las deudas que debía pagar. Pensé en las preocupaciones cotidianas. Pensé en el incierto mañana que me esperaba al llegar a casa.

Pero también pensé en algo más.

Quizá la vida no consiste en resolver nuestros dolores, sino en cruzarnos con otros seres humanos mientras los cargamos.

Quizá por eso existen los encuentros inesperados.

Quizá por eso tres desconocidos compartieron aquella mañana una misma carretera.

Ahora estoy en casa.

Un partido de fútbol intenta distraerme.

La deuda del banco sigue allí.

Mis preocupaciones también.

Y la melancolía continúa sentada en algún rincón de mi alma, negándose a marcharse.

Por momentos pienso en beber para olvidarlo todo.

Pero recuerdo una promesa y dejo la idea pasar.

Entonces comprendo algo.

La tristeza es como una pasajera más.

Hay días en que sube al vehículo de nuestra vida sin pedir permiso.

No podemos obligarla a bajar.

Solo podemos seguir conduciendo.

Con la esperanza de que, en algún tramo del camino, el paisaje vuelva a parecernos hermoso.


Autor:


Trilce Aldeano 

Todos los Derechos Reservados ©️ 

Lima 202606201630


12 de junio de 2026

Fuego de Sombras

 a RMM

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Todos llevamos dentro una sombra que nos persigue.

 La mía no tiene llamas ni abismos; tiene tu nombre. 


No habita en la oscuridad, 

sino en la memoria.

 Aparece en el brillo de ciertas tardes, en el silencio de algunas noches, en las canciones que creía olvidadas.


Si existe un infierno hecho a la medida de cada alma, el mío sería volver a encontrarte en cada rincón del mundo sin poder alcanzarte jamás.


 Ver tu luz a la distancia,

 escuchar el eco de tu voz

 entre mis recuerdos, 

y comprender que hay ausencias 

que arden más que cualquier fuego.


Porque algunas personas no se marchan cuando se van; se quedan viviendo dentro de nosotros, convertidas en la más dulce                y terrible de las eternidades.


Autor 


Trilce Aldeano 

10 de junio de 2026

La Decadencia Moral

 Hay noches en que el silencio pesa más que cualquier noticia. Esta es una de ellas. Miro las palabras que se cruzan entre peruanos y me pregunto en qué momento dejamos de vernos como hermanos para empezar a tratarnos como enemigos.


No me entristece solamente la política; me entristece el odio que se destila en nuestra sociedad. Ese odio que se disfraza de convicción, que convierte las diferencias en insultos, la discrepancia en desprecio, y la diversidad en una frontera invisible hecha de racismo, clasismo y soberbia.


Pienso que tal vez el país que soñamos no nacerá de un presidente, ni de una elección, ni de una victoria electoral. Nacerá el día en que aprendamos a cultivar el alma con la misma pasión con la que defendemos nuestras ideas. El día en que un libro tenga más influencia que un prejuicio; en que la empatía sea más fuerte que la rabia; en que la solidaridad encuentre más espacio que el resentimiento.


Esta noche, mientras el país parece dividido en bandos irreconciliables, prefiero creer en algo más profundo: que aún existen corazones capaces de escuchar antes de juzgar, de comprender antes de condenar, de tender la mano antes que señalar con el dedo.

Porque ninguna nación se salva cuando pierde la capacidad de amarse a sí misma. Y ningún futuro será verdaderamente luminoso mientras sigamos alimentando la oscuridad que habita en nuestras propias palabras.


Quizá la revolución más urgente no sea política, sino humana. 

Es un pensamiento triste para una noche de melancolía, pero también una pequeña esperanza en medio del ruido.


Autor:


Trilce Aldeano

 Edición y publicación 

María del Carmen García Guerrero 

Bogotá – Colombia 


Todos los Derechos Reservados ©️  Revista 

El Tiempo .