Hay noches en que el silencio pesa más que cualquier noticia. Esta es una de ellas. Miro las palabras que se cruzan entre peruanos y me pregunto en qué momento dejamos de vernos como hermanos para empezar a tratarnos como enemigos.
No me entristece solamente la política; me entristece el odio que se destila en nuestra sociedad. Ese odio que se disfraza de convicción, que convierte las diferencias en insultos, la discrepancia en desprecio, y la diversidad en una frontera invisible hecha de racismo, clasismo y soberbia.
Pienso que tal vez el país que soñamos no nacerá de un presidente, ni de una elección, ni de una victoria electoral. Nacerá el día en que aprendamos a cultivar el alma con la misma pasión con la que defendemos nuestras ideas. El día en que un libro tenga más influencia que un prejuicio; en que la empatía sea más fuerte que la rabia; en que la solidaridad encuentre más espacio que el resentimiento.
Esta noche, mientras el país parece dividido en bandos irreconciliables, prefiero creer en algo más profundo: que aún existen corazones capaces de escuchar antes de juzgar, de comprender antes de condenar, de tender la mano antes que señalar con el dedo.
Porque ninguna nación se salva cuando pierde la capacidad de amarse a sí misma. Y ningún futuro será verdaderamente luminoso mientras sigamos alimentando la oscuridad que habita en nuestras propias palabras.
Quizá la revolución más urgente no sea política, sino humana.
Es un pensamiento triste para una noche de melancolía, pero también una pequeña esperanza en medio del ruido.
Autor:
Trilce Aldeano
Edición y publicación
María del Carmen García Guerrero
Bogotá – Colombia
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El Tiempo .

