Si me pidieran nombrar
la más antigua felicidad
que alguna vez incendió mi pecho,
no buscaría coronas ni victorias:
volvería lentamente
hacia el niño que fui,
ese que guardaba universos diminutos
en los bolsillos del asombro.
El mundo entonces respiraba distinto.
Cada hoja era un presagio,
cada lluvia una escritura secreta
que descendía sobre los tejados del alma.
Yo bebía de la luz como un desterrado sediento,
y en las geometrías invisibles del aire
nacían mis delirios más puros.
Hablé con sombras que nadie comprendía,
con el idioma nocturno de las plantas,
con el temblor azul de las estrellas fatigadas;
y a los silencios
les di una voz hecha de incendios y colores.
Recuerdo aquella estación fría.
en mi aldea.
La tarde caía como un pájaro herido
sobre los hombros del invierno,
mientras yo corría detrás de mis visiones
con una llama temblando entre las manos.
Ignoraba entonces
que estaba profanando los límites del cielo,
que en mi inocencia había arrancado
una chispa perpetua
del corazón de los Dioses.
Desde aquella noche
arde dentro de mí una claridad invencible:
un fuego antiguo,
triste y sagrado,
que ni los años, ni la muerte, ni la ausencia
han conseguido apagar.
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Autor:
Trilce Aldeano
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Lima 20260524820


