Hay viajes que uno elige y otros que la vida impone.
Aquella tarde, mientras Lima todavía tenía los ojos acalorados y yo intentaba ordenar las últimas horas del día en la oficina llegó un mensaje de Samantha. No era un saludo, ni una conversación cualquiera. Era una de esas noticias que, aun antes de conocer todos sus detalles, uno siente que vienen cargadas de oscuridad.
Había ocurrido una tragedia en mi apartamento de Cali.
No tuve tiempo para pensar demasiado. Busqué un boleto de emergencia y, como suele ocurrir cuando la urgencia no permite negociar con el tiempo, el precio era casi una ofensa. Pero hay momentos en los que el dinero deja de importar. Cerré algunas cosas, tomé lo necesario y me fui al aeropuerto. Solo cargando a mi Jarey.
Mientras avanzaba hacia la puerta de embarque tuve una sensación extraña, como si el tiempo hubiera decidido doblarse sobre sí mismo.
Casi un año atrás había estado en ese mismo aeropuerto, a una hora parecida, esperando encontrarme con mi amada que llegaba desde Chile. Era otra historia, otra esperanza, otra forma de mirar el mundo. Recuerdo aquel encuentro como se recuerdan ciertas estaciones de la vida: con una mezcla de felicidad y nostalgia. Una semana después, aquella misma mujer se despediría de mí diciéndome que me amaba.
Pero esa es otra historia.
Ahora regresaba a Cali no para encontrar un amor, sino para enfrentar una tragedia.
Llegué casi al amanecer.
Samantha estaba esperándome. Nos vimos, nos abrazamos, y durante unos segundos no dijimos nada. Hay abrazos que contienen conversaciones enteras.
Subimos al automóvil. Ella conducía mientras la ciudad comenzaba lentamente a despertar. Yo esperaba que habláramos de lo sucedido, pero Samantha eligió otro camino. Me preguntaba por Lima, por el trabajo, por mis proyectos, por cómo estaba llevando la vida. Incluso apareció en la conversación la Reyna de Mollepampa, como aparecen ciertas personas en nuestras conversaciones aunque no estén físicamente presentes.
Quizá necesitábamos hablar de cualquier cosa antes de atrevernos a hablar de aquello.
Llegamos a su apartamento.
Allí estaban su esposo y mi futura ahijada: una niña hermosa, de esas criaturas que parecen haber llegado al mundo para recordarnos que todavía existe algo limpio después de la tragedia.
Se llama Samantha, como su madre, como su abuela y como su bisabuela.
Cuatro generaciones compartiendo un mismo nombre.
Me ofrecieron café.
Y aquel café, sencillo y caliente, me pareció extraordinariamente hermoso. Tal vez porque después de ciertas noticias uno aprende a mirar de otra manera las pequeñas cosas: una taza entre las manos, una conversación tranquila, una niña corriendo, una familia sentada alrededor de una mesa.
Hablamos de la vida.
Recordamos historias antiguas, momentos compartidos, personas que ya no están, anécdotas que alguna vez nos hicieron reír. Samantha me contó cosas de su familia y yo escuché.
Hasta que, inevitablemente, llegó el momento.
El tema que ninguno quería tocar.
Me contó lo sucedido.
Y mientras hablaba, sentí que algo dentro de mí se iba haciendo pesado.
Después tuve que ir al escenario de la tragedia.
Ese apartamento no era solamente una propiedad. Durante mucho tiempo había sido un lugar donde escribí historias, donde imaginé futuros, donde construí recuerdos. Alguna vez había sido hogar.
Ahora parecía una herida abierta.
Cuando llegué, mis ojos tardaron unos segundos en aceptar lo que estaban viendo.
Todo estaba acordonado.
Las puertas de las habitaciones estaban destrozadas. Una ventana había quedado hecha pedazos. Los muebles de la cocina estaban destruidos. El estudio, aquel lugar donde tantas veces había escrito, había dejado de parecerse al espacio que conocía.
Y sobre el mármol había algo que ninguna remodelación podría borrar de la memoria: sangre.
Demasiada.
Una pelea de pareja había terminado convirtiéndose en una tragedia irreparable.
Un hombre perdió el control, disparó contra su esposa y contra su hijo. Ella murió camino al hospital. El niño murió durante la madrugada.
El hombre fue capturado.
Pero no existe captura capaz de devolver a una familia lo que perdió.
Y quizá esa sea una de las formas más crueles de la tragedia: cuando todo termina, quedan los objetos, las paredes, los documentos, las cuentas, los procedimientos judiciales… pero las personas ya no están.
Lunes.
La Fiscalía llegó al apartamento.
Y entonces la tierra comenzó a moverse.
El terremoto fue brutal.
Por un instante, la ciudad pareció perder sus coordenadas. Edificios estremeciéndose, gente corriendo, gritos, llanto, polvo, llamadas desesperadas. Las noticias comenzaron a hablar de otras ciudades: Medellín, Manizales, lugares donde también se sentía la devastación.
Yo no corrí.
No porque no tuviera miedo, sino porque algunas tragedias parecen enseñarle a uno una extraña manera de quedarse quieto.
Observé.
Mientras muchos buscaban dónde refugiarse, yo permanecí frío, casi inmóvil, intentando comprender cómo podía caber tanta desgracia en unas pocas horas.
Nos quedamos esperando en el parque frente al edificio.
Todo era caos.
La fiscal pretendía postergar la apertura y el procedimiento, pero mi abogada tuvo que intervenir. Había que continuar con el recuento de los hechos, revisar el lugar, documentar lo ocurrido.
Yo escuchaba y sentía que cada palabra pesaba.
Dolor.
Muerte.
Sangre.
Una familia destruida.
Un apartamento destruido.
Y una verdad difícil de aceptar: las cosas materiales pueden repararse.
El mármol puede cambiarse.
Las puertas pueden reemplazarse.
Las ventanas pueden volver a instalarse.
La cocina puede reconstruirse.
El estudio puede recuperar sus muebles.
Pero una vida no tiene repuesto.
Una familia tampoco.
Contratamos personal para limpiar, reparar y reconstruir todo aquello que podía reconstruirse. Habrá trabajadores, herramientas, pintura, carpinteros, vidrios, puertas, muebles. La propiedad volverá algún día a parecer un apartamento.
Pero yo sé que algo permanecerá allí, aunque nadie pueda verlo.
Por eso no quise volver a entrar.
Hay lugares que uno puede limpiar de sangre, pero no de recuerdos.
Han pasado muchas horas.
Ahora estoy sentado en una sala de espera del aeropuerto de Cali.
En media hora sale mi vuelo.
Regreso obligado a Perú porque tengo un proyecto urgente que no puede esperar. La vida, con su brutal indiferencia, continúa reclamándonos responsabilidades incluso cuando uno quisiera detener el mundo.
Volveré a Cali.
Tengo que volver.
Habrá que solucionar muchas cosas, supervisar reparaciones, terminar procedimientos, enfrentar lo que quede pendiente.
Pero esta vez no regresaré solo.
Tengo a Samantha aquí.
Y lo que ella está haciendo por mí es de esas cosas que uno no olvida.
Su ayuda no se mide en trámites ni en favores. Se mide en presencia.
En estar.
En acompañar.
En no dejarme atravesar solo un momento que jamás imaginé vivir.
Antes de venir al aeropuerto nos abrazamos.
Fue un abrazo interminable.
Por un instante sentí que Samantha me miraba de una manera distinta, como si quisiera decirme algo que las palabras no alcanzaban a pronunciar. Tal vez era preocupación. Tal vez tristeza. Tal vez simplemente ese lenguaje silencioso que existe entre quienes comparten una historia familiar y saben que, algunas veces, abrazarse es la única forma de decir: estoy aquí.
Ahora tengo que irme.
Intento pensar en positivo.
La vida también consiste en eso: en aprender a caminar entre las ruinas sin convertirnos nosotros mismos en una.
Y, como suele sucederme, en algún rincón de mis pensamientos aparece Reyna.
No la busco.
Simplemente aparece.
Hay personas que se quedan viviendo en ciertas habitaciones de la memoria, aunque uno cambie de ciudad, de aeropuerto o de historia.
Pero hoy, aquí, tengo algo más concreto y más inmediato.
A mi lado está Jarey. Mi tierno Jarey
El que no pregunta, el que juzga, el que no necesita explicaciones, el que permanece.
Mi compañero más incondicional en esta vida.
Lo miro y pienso que quizá la vida sea justamente eso: una sucesión de pérdidas y encuentros, de aeropuertos y regresos, de abrazos que duran demasiado porque sabemos que detrás de ellos hay cosas que no podemos decir.
Afuera, Cali continúa respirando.
Adentro, anuncian mi vuelo.
Tengo que volver a Perú.
Me voy con una propiedad herida, con una familia que ya no existe, con una historia que jamás olvidaré y con la responsabilidad de reconstruir aquello que pueda reconstruirse.
Pero también me voy con una certeza:
no todo está perdido mientras todavía tengamos a alguien que nos espere, una mano que nos sostenga, un abrazo que no termine y la voluntad de volver a levantarnos.
El avión está por salir.
Y mientras camino hacia la puerta de embarque, pienso que quizá la vida no nos pregunta cuándo estamos preparados para perder.
Simplemente sucede.
Lo único que podemos decidir es qué hacemos después.
Yo, por ahora, elijo volver.
Elijo reconstruir.
Elijo recordar a los muertos con respeto.
Y, sobre todo, elijo seguir viviendo.
Autor:
Trilce Aldeano.
Todos los Derechos Reservados.
PD. Comentar (las personas que saben los hechos) sin enaltecer la historia.

