2010

"BIENVENIDO A MI BLOG"

12 de agosto de 2026

LA SOMBRA EN EL 405

 Hay viajes que uno elige y otros que la vida impone.

Aquella tarde, mientras Lima todavía tenía los ojos acalorados y yo intentaba ordenar las últimas horas del día en la oficina llegó un mensaje de Samantha. No era un saludo, ni una conversación cualquiera. Era una de esas noticias que, aun antes de conocer todos sus detalles, uno siente que vienen cargadas de oscuridad.

Había ocurrido una tragedia en mi apartamento de Cali.

No tuve tiempo para pensar demasiado. Busqué un boleto de emergencia y, como suele ocurrir cuando la urgencia no permite negociar con el tiempo, el precio era casi una ofensa. Pero hay momentos en los que el dinero deja de importar. Cerré algunas cosas, tomé lo necesario y me fui al aeropuerto. Solo cargando a mi Jarey.

Mientras avanzaba hacia la puerta de embarque tuve una sensación extraña, como si el tiempo hubiera decidido doblarse sobre sí mismo.

Casi un año atrás había estado en ese mismo aeropuerto, a una hora parecida, esperando encontrarme con mi amada que llegaba desde Chile. Era otra historia, otra esperanza, otra forma de mirar el mundo. Recuerdo aquel encuentro como se recuerdan ciertas estaciones de la vida: con una mezcla de felicidad y nostalgia. Una semana después, aquella misma mujer se despediría de mí diciéndome que me amaba.

Pero esa es otra historia.

Ahora regresaba a Cali no para encontrar un amor, sino para enfrentar una tragedia.

Llegué casi al amanecer.

Samantha estaba esperándome. Nos vimos, nos abrazamos, y durante unos segundos no dijimos nada. Hay abrazos que contienen conversaciones enteras.

Subimos al automóvil. Ella conducía mientras la ciudad comenzaba lentamente a despertar. Yo esperaba que habláramos de lo sucedido, pero Samantha eligió otro camino. Me preguntaba por Lima, por el trabajo, por mis proyectos, por cómo estaba llevando la vida. Incluso apareció en la conversación la Reyna de Mollepampa, como aparecen ciertas personas en nuestras conversaciones aunque no estén físicamente presentes.

Quizá necesitábamos hablar de cualquier cosa antes de atrevernos a hablar de aquello.

Llegamos a su apartamento.

Allí estaban su esposo y mi futura ahijada: una niña hermosa, de esas criaturas que parecen haber llegado al mundo para recordarnos que todavía existe algo limpio después de la tragedia.

Se llama Samantha, como su madre, como su abuela y como su bisabuela.

Cuatro generaciones compartiendo un mismo nombre.

Me ofrecieron café.

Y aquel café, sencillo y caliente, me pareció extraordinariamente hermoso. Tal vez porque después de ciertas noticias uno aprende a mirar de otra manera las pequeñas cosas: una taza entre las manos, una conversación tranquila, una niña corriendo, una familia sentada alrededor de una mesa.

Hablamos de la vida.

Recordamos historias antiguas, momentos compartidos, personas que ya no están, anécdotas que alguna vez nos hicieron reír. Samantha me contó cosas de su familia y yo escuché.

Hasta que, inevitablemente, llegó el momento.

El tema que ninguno quería tocar.

Me contó lo sucedido.

Y mientras hablaba, sentí que algo dentro de mí se iba haciendo pesado.

Después tuve que ir al escenario de la tragedia.

Ese apartamento no era solamente una propiedad. Durante mucho tiempo había sido un lugar donde escribí historias, donde imaginé futuros, donde construí recuerdos. Alguna vez había sido hogar.

Ahora parecía una herida abierta.

Cuando llegué, mis ojos tardaron unos segundos en aceptar lo que estaban viendo.

Todo estaba acordonado.

Las puertas de las habitaciones estaban destrozadas. Una ventana había quedado hecha pedazos. Los muebles de la cocina estaban destruidos. El estudio, aquel lugar donde tantas veces había escrito, había dejado de parecerse al espacio que conocía.

Y sobre el mármol había algo que ninguna remodelación podría borrar de la memoria: sangre.

Demasiada.

Una pelea de pareja había terminado convirtiéndose en una tragedia irreparable.

Un hombre perdió el control, disparó contra su esposa y contra su hijo. Ella murió camino al hospital. El niño murió durante la madrugada.

El hombre fue capturado.

Pero no existe captura capaz de devolver a una familia lo que perdió.

Y quizá esa sea una de las formas más crueles de la tragedia: cuando todo termina, quedan los objetos, las paredes, los documentos, las cuentas, los procedimientos judiciales… pero las personas ya no están.

Lunes.

La Fiscalía llegó al apartamento.

Y entonces la tierra comenzó a moverse.

El terremoto fue brutal.

Por un instante, la ciudad pareció perder sus coordenadas. Edificios estremeciéndose, gente corriendo, gritos, llanto, polvo, llamadas desesperadas. Las noticias comenzaron a hablar de otras ciudades: Medellín, Manizales, lugares donde también se sentía la devastación.

Yo no corrí.

No porque no tuviera miedo, sino porque algunas tragedias parecen enseñarle a uno una extraña manera de quedarse quieto.

Observé.

Mientras muchos buscaban dónde refugiarse, yo permanecí frío, casi inmóvil, intentando comprender cómo podía caber tanta desgracia en unas pocas horas.

Nos quedamos esperando en el parque frente al edificio.

Todo era caos.

La fiscal pretendía postergar la apertura y el procedimiento, pero mi abogada tuvo que intervenir. Había que continuar con el recuento de los hechos, revisar el lugar, documentar lo ocurrido.

Yo escuchaba y sentía que cada palabra pesaba.

Dolor.

Muerte.

Sangre.

Una familia destruida.

Un apartamento destruido.

Y una verdad difícil de aceptar: las cosas materiales pueden repararse.

El mármol puede cambiarse.

Las puertas pueden reemplazarse.

Las ventanas pueden volver a instalarse.

La cocina puede reconstruirse.

El estudio puede recuperar sus muebles.

Pero una vida no tiene repuesto.

Una familia tampoco.

Contratamos personal para limpiar, reparar y reconstruir todo aquello que podía reconstruirse. Habrá trabajadores, herramientas, pintura, carpinteros, vidrios, puertas, muebles. La propiedad volverá algún día a parecer un apartamento.

Pero yo sé que algo permanecerá allí, aunque nadie pueda verlo.

Por eso no quise volver a entrar.

Hay lugares que uno puede limpiar de sangre, pero no de recuerdos.

Han pasado muchas horas.

Ahora estoy sentado en una sala de espera del aeropuerto de Cali.

En media hora sale mi vuelo.

Regreso obligado a Perú porque tengo un proyecto urgente que no puede esperar. La vida, con su brutal indiferencia, continúa reclamándonos responsabilidades incluso cuando uno quisiera detener el mundo.

Volveré a Cali.

Tengo que volver.

Habrá que solucionar muchas cosas, supervisar reparaciones, terminar procedimientos, enfrentar lo que quede pendiente.

Pero esta vez no regresaré solo.

Tengo a Samantha aquí.

Y lo que ella está haciendo por mí es de esas cosas que uno no olvida.

Su ayuda no se mide en trámites ni en favores. Se mide en presencia.

En estar.

En acompañar.

En no dejarme atravesar solo un momento que jamás imaginé vivir.

Antes de venir al aeropuerto nos abrazamos.

Fue un abrazo interminable.

Por un instante sentí que Samantha me miraba de una manera distinta, como si quisiera decirme algo que las palabras no alcanzaban a pronunciar. Tal vez era preocupación. Tal vez tristeza. Tal vez simplemente ese lenguaje silencioso que existe entre quienes comparten una historia familiar y saben que, algunas veces, abrazarse es la única forma de decir: estoy aquí.

Ahora tengo que irme.

Intento pensar en positivo.

La vida también consiste en eso: en aprender a caminar entre las ruinas sin convertirnos nosotros mismos en una.

Y, como suele sucederme, en algún rincón de mis pensamientos aparece Reyna.

No la busco.

Simplemente aparece.

Hay personas que se quedan viviendo en ciertas habitaciones de la memoria, aunque uno cambie de ciudad, de aeropuerto o de historia.

Pero hoy, aquí, tengo algo más concreto y más inmediato.

A mi lado está Jarey. Mi tierno Jarey

El que no pregunta, el que juzga, el que no necesita explicaciones, el que permanece.

Mi compañero más incondicional en esta vida.

Lo miro y pienso que quizá la vida sea justamente eso: una sucesión de pérdidas y encuentros, de aeropuertos y regresos, de abrazos que duran demasiado porque sabemos que detrás de ellos hay cosas que no podemos decir.

Afuera, Cali continúa respirando.

Adentro, anuncian mi vuelo.

Tengo que volver a Perú.

Me voy con una propiedad herida, con una familia que ya no existe, con una historia que jamás olvidaré y con la responsabilidad de reconstruir aquello que pueda reconstruirse.

Pero también me voy con una certeza:

no todo está perdido mientras todavía tengamos a alguien que nos espere, una mano que nos sostenga, un abrazo que no termine y la voluntad de volver a levantarnos.

El avión está por salir.

Y mientras camino hacia la puerta de embarque, pienso que quizá la vida no nos pregunta cuándo estamos preparados para perder.

Simplemente sucede.

Lo único que podemos decidir es qué hacemos después.

Yo, por ahora, elijo volver.

Elijo reconstruir.

Elijo recordar a los muertos con respeto.

Y, sobre todo, elijo seguir viviendo.


Autor:


Trilce Aldeano.


Todos los Derechos Reservados.


PD. Comentar (las personas que saben los hechos) sin enaltecer la historia.

6 de agosto de 2026

LA VIAJERA DEL TIEMPO I

 Epístola al viento.


Hoy, al despertar encontré un mensaje de un joven llamado Jaremy, o así se hace llamar, que me pidió de forma desesperada que lo ayude a redactar una carta a su amada, que use todas mis cualidades literarias y mi vasto talento para poder "exorcizar" los demonios que albergan el corazón de su amada. Dice él. Me dejó algunos datos, algún nombre y que el resto me encargue yo, que confía plenamente que podré escribir la mejor de las cartas y no importa si ella lo lea. Quise negarme pero el incentivo es muy tentador y así que trataremos de escribir lo mejor posible y en primera persona, luego de enviarle, estoy autorizado en publicarlo en todas las plataformas posibles.


Empecemos.


*****


Hay despedidas que no llegan con un grito, sino con un silencio tan inmenso que termina habitando cada rincón del alma. La nuestra me encontró cuando todavía seguía construyendo, en secreto, el hogar donde imaginaba envejecer contigo.

Aún puedo volver al principio, como quien abre un libro amado y acaricia sus primeras páginas. Te conocí en persona cuando llegaste desde Chile y el aeropuerto dejó de ser un lugar de despedidas para convertirse, por unas horas, en el sitio donde el destino pronunció tu nombre. Después vino aquel hotel donde comenzamos a conocernos sin máscaras; luego la selva, adonde partiste para celebrar la boda de tu hermano; más tarde regresaste y la vida nos regaló aquel río en Canta, unas cervezas, unas risas sencillas y el rumor del agua llevándose nuestras promesas hacia el horizonte. Finalmente, Chile volvió a llamarte, y yo me quedé aprendiendo que el amor también sabe esperar océanos.

De nosotros escribí relatos. De ti nacieron poemas que jamás le pertenecieron a nadie más. Fuiste la única musa capaz de transformar mis días comunes en literatura. Cada verso tenía tu respiración; cada metáfora, el brillo de tus ojos; cada esperanza, tu nombre. Soñé con una casa donde la felicidad tuviera tu voz, con un hogar lleno de libros, de abrazos, de café compartido en las mañanas, con una familia, con un matrimonio donde el tiempo no fuera un enemigo, sino un compañero.

Y, sin embargo, hoy nos rompe algo que jamás imaginé: haber sido solidario con una mujer que está desahuciada y que solo desea ver publicados sus poemas antes de que la vida cierre su último capítulo. Te hablé de ella porque nunca quise esconderte nada. Porque el amor, para mí, siempre fue transparencia. Nunca vi una traición en tender una mano a quien sufre. Tal vez mi mayor error fue creer que mi forma de mirar el dolor humano también sería comprendida por quien más amaba.

No puedo dejar de ser quien soy. No porque te ame menos, sino precisamente porque el amor que aprendí a sentir también me enseñó a tener compasión por quienes cargan heridas.


 Si un poeta deja de conmoverse frente al sufrimiento ajeno, deja de escuchar el idioma con el que fue escrita su propia alma.


 La empatía no compite con el amor; nace de la misma fuente.

Eso nunca disminuyó lo que sentía por ti. Tú seguiste siendo la mujer de mi vida. La única con quien imaginé el futuro. La única a quien entregué mis páginas más sinceras. La única cuyo nombre pronuncié cuando hablaba con mi mundo interior incluso sin saber si alguien escuchaba.


Amada mía, Gracias por cada día que me regalaste. Gracias por las conversaciones, por las esperas, por las risas, por las lágrimas, por cada kilómetro que recorrimos para encontrarnos. Gracias por permitirme conocer también a tu NICOLE, a quien aprendí a querer con un cariño limpio y verdadero. Hay afectos que llegan sin pedir permiso y se quedan para siempre.


No guardaré rencor. El amor verdadero no colecciona venganzas; colecciona gratitudes. Si conmigo no encontraste la paz que buscabas, deseo, con toda la sinceridad que aún me queda, que la vida te conduzca hacia ella. Ojalá encuentres ese amor que haga descansar tu corazón y silencie todas tus inseguridades. Ese será siempre mi deseo para ti, aunque ya no camine a tu lado.

Yo seguiré amándote no sé hasta cuándo. Tal vez hasta que el tiempo desgaste tu recuerdo; tal vez hasta que mis poemas dejen de buscarte entre sus líneas; tal vez toda la vida. No tengo respuestas para eso.

Solo espero que algún día, cuando mi ausencia ya no duela, puedas comprender que nunca competiste con nadie. Que jamás hubo otra mujer ocupando el lugar que era tuyo. Que mi solidaridad nunca fue deslealtad, sino la consecuencia natural de un corazón que no sabe permanecer indiferente ante el sufrimiento humano.

Si alguna vez vuelves a leer mis palabras, recuerda esto: el hombre que conociste jamás dejó de elegirte. Simplemente se negó a dejar de ser humano.

Y si este es el final de nuestra historia, me marcho con el corazón hecho cenizas, pero con la gratitud intacta. Porque exististe. Porque fuiste mi más hermosa casualidad, mi mejor poema, mi sueño más grande y el amor más profundo que la vida me permitió conocer.

Dondequiera que estés, ojalá la vida te abrace con la misma ternura con la que yo quise abrazarte para siempre.

Con el mayor sueño de ...


Jaremy R 


Todos los Derechos Reservados.

5 de agosto de 2026

El Río de los Recuerdos

 Hay amores que el tiempo no consigue explicar

No sé en qué momento del día apareces.

A veces es en una canción,

otras en el silencio,

y otras, simplemente, cuando la vida deja de hacer ruido.

Entonces me pregunto, sin esperar respuesta:

¿en qué estarás pensando ahora?

Si alguna vez mi recuerdo llega hasta ti

con la misma ternura con la que el tuyo llega a mí.

Dicen que el tiempo lo borra todo,

pero hay amores que no aceptan esa mentira.

No porque se aferren al pasado,

sino porque fueron verdaderos.

Y lo verdadero no desaparece de un día para otro;

aprende a vivir en la memoria,

en el respeto,

en la gratitud de haber existido.

Nuestra historia no terminó donde terminó el camino.

Continúa en las cosas que ya no podemos decirnos,

en las palabras que el silencio guarda con más cuidado que nosotros,

en esa distancia que no logró enseñarme a olvidarte.

Nunca quise marcharme

Amar también es respetar la libertad del otro,

aunque esa libertad duela.

Aunque uno tenga que seguir caminando

con un pedazo del corazón mirando hacia atrás.

Y, sin embargo, hay noches en las que me descubro sonriendo.

Porque, entre todos los recuerdos que la vida pudo regalarme,

está el privilegio de haber coincidido contigo.

Hay personas que pasan por el mundo;

otras se quedan viviendo para siempre

en la parte más silenciosa del alma.

Si alguna vez piensas en nosotros,

no lo hagas con tristeza.

Hazlo como quien recuerda un lugar donde fue feliz.

Porque el amor verdadero no siempre permanece en las manos;

a veces permanece, para siempre,

en la forma en que el corazón aprende a pronunciar un nombre…

incluso cuando los labios ya no lo dicen.


AUTOR 


Trilce Aldeano 


Edición y publicación


María del Carmen García Guerrero 


Bogotá – Colombia.

13 de julio de 2026

JAREY

 



Hay quienes creen que el amor termina

el día en que dos manos dejan de encontrarse.


Ignoran que existen pequeñas eternidades

capaces de sobrevivir incluso al silencio.


JAREY no es un oso de peluche.

Es la forma que encontró la ternura

para quedarse cuando las palabras

ya no supieron regresar a casa.


Ella me lo entregó sin imaginar

que un día el tiempo aprendería a separarnos.

Y, sin embargo, en este pequeño pecho de algodón

continúa latiendo aquello que no pudo romper la distancia.


Muchos sonríen con indulgencia,

como si abrazara apenas un juguete olvidado.

No saben que hay objetos

que reciben el peso de un universo entero;

que existen regalos donde dos almas

depositan la parte más frágil de sí mismas.


Cuando lo miro, no regreso al pasado:

regreso a la persona que fui cuando la amaba,

a ese hombre que descubría el mundo

como quien enciende una lámpara en medio del invierno.


Ella ya no camina a mi lado.

La vida eligió otros senderos.

Pero sé que, 

en algún rincón de su memoria,

también existe un abrazo reservado para JAREY.


Y esa certeza, tan humilde y tan inmensa,

es un puente que el tiempo todavía no ha conseguido derribar.


Hay amores que se marchan.

Otros permanecen escondidos

en la música de una taza de café,

en una fotografía,

en un libro abierto,

o en un oso que guarda,

sin pronunciar una sola palabra,

la historia de dos corazones.


Por eso, cuando abrazo a JAREY,

no abrazo la ausencia.

Abrazo la gratitud de haber amado de verdad.

Porque solo quien ha conocido un amor sincero

comprende que ciertos símbolos

dejan de pertenecer al mundo de las cosas

y empiezan a pertenecer, para siempre,

al lugar donde el alma conserva

lo más hermoso que alguna vez llamó hogar.


Autor 


Trilce Aldeano 


Edición y publicación 


María del Carmen García Guerrero 


Bogotá – Colombia 


Todos los Derechos Reservados 


Lima 2026131800

12 de julio de 2026

La Ninfa de los Bosques.

 

Esta noche volveré a conversar 

con el viento 

no para pedir que regreses,

sino para que alguien le enseñe a las estrellas

el camino exacto donde dejaste latiendo mi nombre.


Desde entonces, 

ninguna oscuridad

 ha sido suficiente

para esconder la luz que aún nace cuando te recuerdo.


He aprendido que la ausencia también tiene manos:

abre despacio los cajones del alma,

desordena los días,

dobla con paciencia los recuerdos

y deja sobre la mesa el perfume de aquello

que nunca terminó de marcharse.


Si alguna vez ese viento roza tu rostro sin motivo,

no apartes la mirada.

Quizá sea una palabra mía

que se cansó de vivir encerrada en mi pecho

y salió a buscarte,

con la esperanza de descansar un instante

entre el silencio de tus labios.


No te escribo para romper la distancia.

Hay amores que se honran precisamente así:

sin invadirlos, sin exigirles un regreso,

dejándolos existir como existen los faros,

iluminando desde lejos

barcos que jamás volverán a tocar su puerto.


Y, sin embargo, te amo.

No con la impaciencia de quien espera,

sino con la serenidad dolorosa

de quien entendió que algunas personas

no abandonan la vida 

cuando se van;

simplemente cambian de lugar

y comienzan a vivir 

para siempre

en esa habitación del corazón

donde el tiempo

 no tiene permiso

 para entrar.


Autor:

Trilce Aldeano

Edición y publicación 

María del Carmen García Guerrero 


Bogotá – Colombia 

Todos los Derechos Reservados ©️ 


5 de julio de 2026

Ausencia.

 Escribo a tu recuerdo

hay jardines que sólo florecen

 cuando nadie los nombra.


Mi amor ha aprendido 

el oficio más difícil: arder sin hacer ruido.


Toda la distancia 

cabe en la breve sombra 

que deja tu ausencia

 sobre mi pecho.


A veces el viento regresa 

con un perfume que se parece a tus manos.


Entonces comprendo 

que la nostalgia también sabe 

reconocer tu alma que me nombra.


Podría llamarte,

pero rompería la delicada paz donde ahora respiras

en esa distancia que siempre 

fue un muro a nuestro abrazo.


Prefiero perderme cada noche conversando con la memoria

 de tus ojos.

Porque el amor más hondo no siempre llega: a veces sólo vela, calla... y permanece.


Autor:

Trilce Aldeano


Todos los Derechos Reservados ©️ 


Trujillo 2026-0046 

4 de julio de 2026

El Tiempo y los sueños

 Ven, 

que he guardado para ti

un puñado de versos 

que no dejaron de nombrarte.


Tengo café,

 fruta madura,

la tarde desnuda,

pocas palabras, 

infinitos deseos,

y dos copas de vino

temblando en la mesa.


Tengo un rincón de calma

justo en el centro del pecho.

Tengo esto y algo eterno.

¿Recuerdas que íbamos a volver 

a Santa Rosa?

Hoy es sábado 

No sé si aún te pertenece

este llamado que me habita,

ni cuándo volverá a florecer

la sed de tu piel y de tu alma.


Autor:

Trilce Aldeano


Todos los Derechos Reservados ©️ 

3 de julio de 2026

RECITALES DE INVIERNO: El Crepúsculo y el Tiempo.

 Entre el aeropuerto, aquella habitación, Canta y Santa Rosa, habita un recuerdo que son memorables y únicos, merecen ser inmortalizados.

Trilce Aldeano 







A ti. que habitas en los crepúsculos de invierno y levitas en mi memoria infinita.


*****

Mientras exista el crepúsculo

No toda ausencia es un olvido.


Hay amores que aprenden a vivir en silencio,

como la luz que abandona la tarde

y, sin embargo, permanece un instante

acariciando la memoria del horizonte.


Te amo sin pedirle al destino que me devuelva tus pasos.


Te amo como se ama aquello

que hizo del corazón un lugar más digno,

más humano,

más capaz de agradecer incluso las despedidas.


Gracias a la vida por haberte encontrado.

Gracias por los días en que la felicidad

llevó tu nombre entre mis manos,

por las risas que aún florecen

en el jardín secreto de mi memoria.


Cada anochecer te escribo.

No para romper tu paz,

sino para conversar con la esperanza,

esa antigua artesana de los sueños

que todavía imagina tu regreso

sin convertirlo en una exigencia.


Y mientras el tiempo escribe su propio poema,

yo continúo el mío:

trabajo con el mismo fervor con que antes te esperaba,

aprendo, crezco, construyo,

levanto mis días con la dignidad

de quien entendió que el amor verdadero

también consiste en seguir adelante.


Respeto el lugar donde ahora habita tu recuerdo.


No intento cambiar el curso de tu tranquilidad.

Hay memorias que se honran mejor

dejándolas respirar bajo el cielo

que pretendiéndolas encerrar entre las manos.


Si un día la vida vuelve a cruzar nuestros caminos,

hallarás en mí un hombre más sereno,

más fuerte,

con el alma enriquecida por el trabajo,

por la poesía

y por la gratitud de haber amado de verdad.


Y si ese día nunca llega,

seguiré mirando el crepúsculo con una sonrisa discreta,

porque hubo un tiempo en que el universo

me permitió llamarte amor,

y hay regalos tan inmensos

que alcanzan para iluminar una vida entera.


Autor:


Trilce Aldeano


Edición y publicación 


María del Carmen García Guerrero 

Bogotá - Colombia 


Todos los Derechos Reservados ©️ 

ISBN 2026070050 – 03




1 de julio de 2026

RECITALES DE INVIERNO: La Noche.

 


No me preguntes su nombre, ni el motivo de esta tristeza 

Hay dolores que fueron creados para ser llorados en el idioma del silencio.


La amé con la devoción con que

 el mar abraza la orilla sin sospechar que una sola marea podía dejarlo conversando para siempre con sus propias ausencias.


Nunca imaginé que el amor también pudiera tener el rostro de la misericordia perdida, que unos ojos capaces de encender todos mis amaneceres aprendieran, sin temblar, a apagar mi universo.


Desde entonces llevo un cementerio latiendo bajo el pecho. 

No hay sangre en mis venas: hay recuerdos buscando un lugar donde dejar de doler.


 No hay respiración: solo un hombre que aprendió a sobrevivir con el alma arrodillada entre sus propias cenizas.


He dejado de esperar las historias

 Hasta Jarey guarda silencio cuando un corazón se rompe de una forma que ninguna palabra consigue nombrar.


Ahora solo camino junto a mis versos. Ellos recogen, uno por uno,

 los fragmentos de la vida que ella dejó caer, y con infinita ternura intentan construir un hombre donde apenas queda un eco y dolor.


Tal vez nací para terminar así: abrazando la soledad como quien abraza la última lámpara encendida en un mundo sin regreso.


 Porque hay amores que...

 y hay otras que, aun quedándose en la memoria, se llevan para siempre la parte más inocente de quien las amó.


Si alguna vez vuelves a encontrarme, no busques en mis ojos al hombre que fui. 


Él murió el día en que comprendió que el amor más puro de su vida había elegido convertir su corazón

 en el lugar más triste del universo aquella noche entre el alcohol y la miseria moral.


Autor

Trilce Aldeano


Todos los Derechos Reservados 

24 de junio de 2026

NOCHES TACITURNAS: El Camino

 

"Si fui un error en tu historia, lo siento de verdad".


*****


Nunca llegué a tu vida con la intención de romper nada. No quise ser la sombra detrás de tus lágrimas ni la causa de esas noches en que el corazón se vuelve un cuarto vacío donde resuenan los recuerdos.


 Te amé. Tal vez de una forma imperfecta, tal vez de una forma distinta a la que esperabas, pero te amé con la verdad que cabía en mis manos.

Yo solo quería abrazarte. Ser ese lugar donde pudieras descansar de los días difíciles. Quería escribirte los poemas más hermosos que pudiera arrancarle al alma, para que cuando la tristeza te visitara, encontraras entre mis palabras una pequeña lámpara encendida. Quería verte sonreír. Quería cuidar aquello que eras.


Pero a veces las buenas intenciones también hieren.

Tal vez te oculté cosas. Tal vez me equivoqué más de lo que admito. Tal vez fui la decepción que no merecías encontrar. Y duele reconocer que, intentando acercarme a tu corazón, terminé dejando cicatrices en él. Hay dolores que nacen precisamente de aquello que alguna vez fue hermoso.


Si fui lo peor que te pasó, cargaré con esa pena en silencio.

Porque el amor verdadero, cuando ya no puede quedarse, aprende a desear la felicidad del otro incluso desde la distancia. Por eso, aunque mis noches estén llenas de tu ausencia, seguiré pidiéndole a la vida que te regale días luminosos, personas sinceras y un amor que nunca te haga dudar de tu valor.


Duele irse de donde uno quería quedarse para SIEMPRE. Duele despedirse de la casa que había construido en otro corazón. Duele aceptar que ya no somos bienvenidos en los sueños donde alguna vez tuvimos un lugar.


Y, sin embargo, me marcharé ...

Me marcho con la tristeza de quien pierde un refugio, pero también con la gratitud de haber vuelto a creer. Porque TÚ, sin saberlo, devolviste la ilusión a un hombre que ya había aprendido a convivir con la soledad. Me enseñaste que aún era posible sentir, esperar, imaginar un mañana.


Ahora me ignoras. Tal vez me detestas. Tal vez mi nombre sea apenas una página que deseas arrancar de tu memoria. Pero yo no puedo odiarte. El amor no siempre sabe quedarse, pero tampoco sabe convertir la ternura en rencor.


Mi único refugio será escribir.

Escribir para no romperme. Escribir para conversar con los fantasmas de lo que pudo ser y no fue. Escribir porque algunas ausencias son demasiado grandes para guardarlas en silencio. Quizá esa sea mi condena. Quizá también sea mi libertad.


Aunque, si he aprendido algo de ti, es que amar nunca ha sido un acto libre. Amar es aceptar la dulce tragedia de entregar el alma sin ninguna garantía de regreso.


Y aun así, si la vida me preguntara otra vez si volvería a encontrarte, elegiría el mismo camino.

Incluso sabiendo que al final tendría que escribirte este adiós.


AUTOR 


TRILCE ALDEANO


Todos los Derechos Reservados ©️ 


Lima 2026241120