Sigo en Buena Vista,
San Marcos,
como quien se queda un poco más
cuando todos ya se han marchado.
Hace dos semanas llegué
con el ruido de un proyecto,
con hombres, herramientas,
planes y días por cumplir.
Ahora mis trabajadores se fueron,
y yo me quedé con lo pendiente,
con algunas cosas que resolver
y con esta inmensa montaña
mirándome en silencio.
La ciudad quedó lejos.
También la casa,
la familia,
las voces conocidas,
el movimiento de siempre.
Aquí la noche tiene otra música:
el viento entre los árboles,
algún animal perdido en la distancia,
el rumor de la tierra respirando,
y ese silencio profundo
que no está vacío,
porque está lleno de estrellas.
Esta noche dormiré en una casa
perdida entre la montaña,
y quizá por eso
no siento que esté completamente solo.
Hay algo en estas paredes,
en el frío de la madrugada,
en el olor de la tierra,
que me devuelve a la infancia:
a la casa de mi abuela,
a aquellos días sin relojes,
cuando caminaba libre
sin saber que algún día
iba a extrañar tanto
aquella libertad.
Qué extraño es el tiempo:
uno viaja buscando resolver la vida
y termina encontrándose
con el niño que dejó atrás.
Quizá la montaña me retuvo
para enseñarme algo sencillo:
que también existe belleza
en quedarse a solas,
en escuchar la noche,
en contemplar el cielo
sin pedirle respuestas.
Hay nostalgia, sí.
Una melancolía suave
que se sienta conmigo
cuando cae la tarde.
Pero no toda soledad es tristeza.
A veces la soledad
es una habitación silenciosa
donde el alma vuelve a escucharse.
Y aquí estoy,
lejos de casa,
bajo un cielo antiguo,
rodeado de montañas
y de estrellas que parecen recordar
lo que nosotros olvidamos.
Tal vez Buena Vista
no sea solamente el lugar
donde vine a terminar un proyecto.
Tal vez sea, por unos días,
ese pequeño rincón del mundo
donde la vida me dejó solo
para devolverme,
sin saberlo,
a mí mismo.
Autor:
Trilce Aldeano
Todos los Derechos Reservados.
Buena vista 202609172113

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