Hay noches en las que uno pone canciones antiguas no para escucharlas, sino para comprobar cuánto dolor sigue vivo. Y entonces aparecen las voces, los lugares, las promesas que parecían eternas y las personas que juraron quedarse. A veces hasta busco ese filo invisible de los recuerdos, como quien toca una cicatriz para saber si aún siente.
Conocí la derrota en el amor. Aprendí que existen distancias que no se miden en kilómetros, sino en silencios; y que la desconfianza, cuando entra por una puerta pequeña, termina derrumbando casas enteras. Vi partir aquello que imaginé para siempre y entendí que perder también es una forma cruel de aprender.
Sin embargo, hay algo extraño en el corazón: sigue amando incluso cuando ya no sabe hacia dónde dirigir ese amor. Y quizás esa sea su grandeza. Amar hasta ese punto desconocido donde ya no se espera volver, pero tampoco se renuncia a la belleza de haber sentido.
Ahora camino más despacio. Ya no lucho contra todas las lágrimas. Dejo que algunas canciones ganen. Dejo que ciertas noches pesen. Porque he descubierto que cuando el río se acerca al mar, deja de pelear con las piedras y aprende, por fin, a mirar el cielo.
Y aunque todavía existan días grises, sigo creyendo en algo sencillo: siempre aparece una voz, una conversación, un gesto inesperado, un pequeño milagro cotidiano que nos recuerda que aún estamos aquí, y que mientras sigamos aquí, todavía queda luz por encontrar.
Autor:
Trilce Aldeano.
Lima 20260527
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