Esta noche volveré a conversar
con el viento
no para pedir que regreses,
sino para que alguien le enseñe a las estrellas
el camino exacto donde dejaste latiendo mi nombre.
Desde entonces,
ninguna oscuridad
ha sido suficiente
para esconder la luz que aún nace cuando te recuerdo.
He aprendido que la ausencia también tiene manos:
abre despacio los cajones del alma,
desordena los días,
dobla con paciencia los recuerdos
y deja sobre la mesa el perfume de aquello
que nunca terminó de marcharse.
Si alguna vez ese viento roza tu rostro sin motivo,
no apartes la mirada.
Quizá sea una palabra mía
que se cansó de vivir encerrada en mi pecho
y salió a buscarte,
con la esperanza de descansar un instante
entre el silencio de tus labios.
No te escribo para romper la distancia.
Hay amores que se honran precisamente así:
sin invadirlos, sin exigirles un regreso,
dejándolos existir como existen los faros,
iluminando desde lejos
barcos que jamás volverán a tocar su puerto.
Y, sin embargo, te amo.
No con la impaciencia de quien espera,
sino con la serenidad dolorosa
de quien entendió que algunas personas
no abandonan la vida
cuando se van;
simplemente cambian de lugar
y comienzan a vivir
para siempre
en esa habitación del corazón
donde el tiempo
no tiene permiso
para entrar.
Autor:
Trilce Aldeano
Edición y publicación
María del Carmen García Guerrero
Bogotá – Colombia
Todos los Derechos Reservados ©️
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