Hay quienes creen que el amor termina
el día en que dos manos dejan de encontrarse.
Ignoran que existen pequeñas eternidades
capaces de sobrevivir incluso al silencio.
JAREY no es un oso de peluche.
Es la forma que encontró la ternura
para quedarse cuando las palabras
ya no supieron regresar a casa.
Ella me lo entregó sin imaginar
que un día el tiempo aprendería a separarnos.
Y, sin embargo, en este pequeño pecho de algodón
continúa latiendo aquello que no pudo romper la distancia.
Muchos sonríen con indulgencia,
como si abrazara apenas un juguete olvidado.
No saben que hay objetos
que reciben el peso de un universo entero;
que existen regalos donde dos almas
depositan la parte más frágil de sí mismas.
Cuando lo miro, no regreso al pasado:
regreso a la persona que fui cuando la amaba,
a ese hombre que descubría el mundo
como quien enciende una lámpara en medio del invierno.
Ella ya no camina a mi lado.
La vida eligió otros senderos.
Pero sé que,
en algún rincón de su memoria,
también existe un abrazo reservado para JAREY.
Y esa certeza, tan humilde y tan inmensa,
es un puente que el tiempo todavía no ha conseguido derribar.
Hay amores que se marchan.
Otros permanecen escondidos
en la música de una taza de café,
en una fotografía,
en un libro abierto,
o en un oso que guarda,
sin pronunciar una sola palabra,
la historia de dos corazones.
Por eso, cuando abrazo a JAREY,
no abrazo la ausencia.
Abrazo la gratitud de haber amado de verdad.
Porque solo quien ha conocido un amor sincero
comprende que ciertos símbolos
dejan de pertenecer al mundo de las cosas
y empiezan a pertenecer, para siempre,
al lugar donde el alma conserva
lo más hermoso que alguna vez llamó hogar.
Autor
Trilce Aldeano
Edición y publicación
María del Carmen García Guerrero
Bogotá – Colombia
Todos los Derechos Reservados
Lima 2026131800

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