2010

"BIENVENIDO A MI BLOG"

18 de agosto de 2026

RECITALES DE INVIERNO: La Noche Infinita

 Soy poeta,

y quizá esa sea mi forma más hermosa de estar solo.

He aprendido a vivir con este vacío

como quien aprende a dormir

con una ventana abierta hacia el invierno.


Me refugio en los libros.

En ellos nadie me pregunta por qué callo,

nadie intenta salvarme de mí mismo.


Abro una página

y el mundo se vuelve menos cruel;

cierro un libro

y vuelve la noche

a sentarse conmigo.

Trabajo para no pensar.


Trabajo para cansar las manos

cuando el corazón no sabe qué hacer con sus ruinas.

Entre herramientas, polvo, madera y silencio,

voy levantando cosas para otros

mientras algo en mí se desmorona lentamente.


Hay una parte de mi alma que agoniza.

No grita.

No pide auxilio.

Solamente se apaga,

como una lámpara olvidada

en una casa donde nadie vuelve.


Y del amor...

del amor ya no quiero saber.

No porque haya dejado de ser hermoso,

sino porque alguna vez creí demasiado.

Y hay heridas que no sangran:

se quedan viviendo debajo de la piel,

respiran cuando uno recuerda,

despiertan cuando alguien pronuncia

una palabra que se parece a su nombre.



Por eso escribo.

Escribo porque no sé llorar de otra manera.

Porque cada poema es una pequeña sepultura

donde entierro aquello que todavía amo.

Porque la tinta conoce mis secretos

mejor que cualquier persona.


Soy aldeano.

Llevo la tierra de mi origen

pegada a los zapatos y a la memoria.

Pero mi memoria es un mapa interminable:

guarda países, ciudades, aeropuertos,

montañas que atravesé,

calles donde fui un desconocido,

habitaciones donde dormí lejos de todo,

y rostros que alguna vez fueron presente

y hoy solamente regresan

cuando la noche se queda demasiado quieta.


He viajado mucho

y, sin embargo, hay una distancia

que jamás he podido recorrer:

la que existe entre lo que fui

y este hombre que ahora escribe.


Qué extraño destino el del poeta:

conocer tantos caminos

y no encontrar ninguno

que conduzca de regreso al corazón.


A veces quisiera volver a mi aldea,

no a un lugar,

sino a aquel tiempo

en que todavía no sabía

que también los sueños podían cansarse.


Pero el tiempo no devuelve nada.

Solo deja fotografías invisibles

colgadas en las paredes de la memoria.

Entonces leo.

Entonces escribo.

Entonces dejo que la madrugada

me encuentre despierto,

con un libro abierto sobre las manos

y el alma llena de nombres que ya no pronuncio.


Estoy solo.

Pero no completamente.

Me acompañan Dostoievski, Vallejo, Kafka,

los muertos que escribieron

para que nosotros pudiéramos sentirnos menos solos.

Me acompañan mis libros,

mis caminos,

mis ciudades,

la tierra de donde vengo

y todas las versiones de mí

que fui dejando atrás.

Y mientras todos duermen,

yo escribo.


Escribo para salvar del olvido

lo poco que todavía tiembla en mi pecho.

Escribo porque quizá mañana

ya no quiera saber del amor.

Escribo porque algo en mí agoniza.

Y porque, mientras pueda convertir esa agonía en palabras,

tal vez todavía quede en mí

una pequeña forma de esperanza.


Autor:


Trilce Aldeano 


Todos los Derechos Reservados 

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