Vivo solo. Y he aprendido a no confundir la soledad con el abandono: soy mi propia compañía, mi propia casa y mi propia responsabilidad.
Nadie espera mis pasos, nadie reclama mis horas, nadie decide cuándo debo dormir, leer, escribir o permanecer despierto. Si una idea me visita a medianoche, enciendo la lámpara y la recibo. Si el amanecer me encuentra trabajando, no le debo explicaciones a nadie.
He hecho de mi vida una habitación sin horarios y de mi libertad una disciplina.
Porque vivir solo no significa estar vacío; significa ser responsable de cada silencio, de cada decisión, de cada minuto que se nos concede.
No tengo a quién culpar por mis días.
No tengo a quién entregarle las riendas.
La vida es mía.
Y mientras esté despierto, estoy de guardia.
Autor
Trilce Aldeano
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