Hay un invierno que todavía pronuncia tu nombre
en las habitaciones vacías de mi sangre.
No sé en qué instante
la luz comenzó a inclinarse sobre nosotros,
ni cuándo el horizonte,
que alguna vez parecía una promesa,
se volvió distancia.
Fuimos la víspera de algo eterno.
Dos cuerpos acercándose al fuego
sin saber que también la llama
puede ser una forma de despedida.
En algún lugar que no existe
permanece intacta nuestra casa:
el árbol que nunca sembramos,
la mesa que jamás reunió nuestras manos,
la ventana donde una mañana inexistente
habría entrado con el rostro de nuestros hijos.
Todo aquello vive todavía
en esa región sin nombre
donde sobreviven las cosas
que nunca llegaron a suceder.
Y quizá eso sea lo más triste del amor:
no perder solamente lo vivido,
sino también la vida que pudo haber sido.
Hoy dejo caer tu nombre
en el río oscuro del tiempo.
No para olvidarlo,
sino para que encuentre
su propia manera de alejarse de mí.
No habrá ceniza sobre nuestros días.
No levantaré ruinas contra tu memoria.
Ninguna culpa tendrá mi boca,
ningún reproche encenderá sus lámparas.
Hay dolores demasiado hondos
para necesitar un culpable.
Basta con saber
que alguna vez dos destinos
se reconocieron bajo la misma lluvia
y, aun amándose,
no encontraron la puerta
por donde pudieran entrar juntos al futuro.
Yo me iré.
No como quien cierra una puerta,
sino como quien abandona un templo
cuando ya no quedan plegarias
capaces de devolverle el alba.
Y si alguna vez el tiempo
desentierra nuestros pasos,
que encuentre allí solamente
la huella de dos seres
que se amaron sin saber salvarse.
¡Porque te amé!
Y hay amores que,
aunque pierdan la casa,
conservan para siempre
el incendio de haber sido.
No sé hasta cuándo
seguirás ardiendo en mí.
Quizá hasta que el último pájaro
olvide la ruta de mi memoria,
hasta que la noche pierda
su antigua costumbre de buscar estrellas,
hasta que mi corazón,
cansado de pronunciar tu ausencia,
aprenda finalmente
el idioma de la nieve.
Pero hoy te dejo ir.
Y no llevo conmigo
ni la espada del resentimiento
ni la balanza de los reproches.
Solo esta tristeza
—quieta, profunda, irrevocable—,
y la certeza de que hubo una vez
un lugar entre tu vida y la mía
donde el mundo pareció detenerse,
y allí,
por un instante que todavía duele,
fuimos casi una familia,
casi un destino,
casi para siempre.
Autor:
Trilce Aldeano
Todos los Derechos Reservados
Lima 202609194523

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