2010

"BIENVENIDO A MI BLOG"

25 de septiembre de 2026

RECITALES DE INVIERNO: Elegía de un Adiós

 



Hay un invierno que todavía pronuncia tu nombre

en las habitaciones vacías de mi sangre.

No sé en qué instante

la luz comenzó a inclinarse sobre nosotros,

ni cuándo el horizonte,

que alguna vez parecía una promesa,

se volvió distancia.


Fuimos la víspera de algo eterno.

Dos cuerpos acercándose al fuego

sin saber que también la llama

puede ser una forma de despedida.


En algún lugar que no existe

permanece intacta nuestra casa:

el árbol que nunca sembramos,

la mesa que jamás reunió nuestras manos,

la ventana donde una mañana inexistente

habría entrado con el rostro de nuestros hijos.


Todo aquello vive todavía

en esa región sin nombre

donde sobreviven las cosas

que nunca llegaron a suceder.


Y quizá eso sea lo más triste del amor:

no perder solamente lo vivido,

sino también la vida que pudo haber sido.

Hoy dejo caer tu nombre

en el río oscuro del tiempo.

No para olvidarlo,

sino para que encuentre

su propia manera de alejarse de mí.


No habrá ceniza sobre nuestros días.

No levantaré ruinas contra tu memoria.

Ninguna culpa tendrá mi boca,

ningún reproche encenderá sus lámparas.


Hay dolores demasiado hondos

para necesitar un culpable.


Basta con saber

que alguna vez dos destinos

se reconocieron bajo la misma lluvia

y, aun amándose,

no encontraron la puerta

por donde pudieran entrar juntos al futuro.


Yo me iré.

No como quien cierra una puerta,

sino como quien abandona un templo

cuando ya no quedan plegarias

capaces de devolverle el alba.


Y si alguna vez el tiempo

desentierra nuestros pasos,

que encuentre allí solamente

la huella de dos seres

que se amaron sin saber salvarse.


¡Porque te amé!

Y hay amores que,

aunque pierdan la casa,

conservan para siempre

el incendio de haber sido.

No sé hasta cuándo

seguirás ardiendo en mí.


Quizá hasta que el último pájaro

olvide la ruta de mi memoria,

hasta que la noche pierda

su antigua costumbre de buscar estrellas,

hasta que mi corazón,

cansado de pronunciar tu ausencia,

aprenda finalmente

el idioma de la nieve.


Pero hoy te dejo ir.

Y no llevo conmigo

ni la espada del resentimiento

ni la balanza de los reproches.

Solo esta tristeza

—quieta, profunda, irrevocable—,

y la certeza de que hubo una vez

un lugar entre tu vida y la mía

donde el mundo pareció detenerse,

y allí,

por un instante que todavía duele,

fuimos casi una familia,

casi un destino,

casi para siempre.


Autor:


Trilce Aldeano 


Todos los Derechos Reservados 

Lima 202609194523



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