Por TRILCE
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“Aún el sabor de sus labios están en mi boca y la esencia de su piel están tatuadas en mi piel…”
Durante la semana me perdí en las calles de la duda y enloquecí con cada imagen que se prendía en mis ojos. No podía detenerme un segundo para lograr la concentración, en que le compraría a mi pequeña y tierna amiga"?. Pensé en mil cosas y opciones incoherentes en ese momento: - Ella ama al vóley- Pensé.
Un tenis de marca, un balón, una rodillera, una muñequera, un maletín deportivo, calcetines, un mp3, muchas otras cosas rondaron por mi cabeza y la decisión era muy complicado, así que descarté la primera parte de la lista.
La verdad no quería ni era mi intención impresionarla y no lo hacía a nadie en mis primeras citas, tampoco fingir un mundo a donde no pertenezco, presumir de riquillo tonto con aires de seductor materializado. Descarté todo tipo de obsequios costosos y acudí a otra lista que prontamente apareció. Un listado gigante de opciones en mi pensamiento: Un medidor de pasos, un reloj cronometrado, un póster con imagen de ella, chocolates, una orquídea, etc.
Cuando llegó la hora de mi partida al lugar pactado con mi pequeña - gigante musa del vóley, no había decidido nada. Salí raudamente con la ilusión prendida de ver, muy de cerca a mi bella riojana, esa posibilidad que solo algunos podrían tener; luego de cruzar la sombra, atravesar las calles repletas de gentío, vendedores, pillos, corruptos, morbosos, ignorantes, desdichados, rebuscadores, carteristas, manipuladores, mercenarios y uno que otros moralistas llegué a la plaza San Miguel. Me bajé del taxi y empecé caminar al lugar de la cita. Nunca me ha gustado ser impuntual, detesto ese defecto aberrante de las personas, claro en alguna ocasión viví unas experiencias desagradables con alguna chica que no merece ser llamada una ex novia; que llegaba dos horas después del horario señalado. Tenía esa sombría costumbre hasta que una tarde le cobré sus desplantes de niña engreída con no llegar nunca más, sin responder sus chillidos ni súplicas posteriores.
Ordené una limonada fría y sin azúcar, no pasaron los cinco minutos cuando ví aparecer ante mis ojos una imagen bella, monumental, sonriente, caminando como en una pasarela, a la chica que alguna noche triste había visto a través de las pantallas de televisión, peleando cada jugada en aras de la bicolor, luchando como una fiera frente a las arrogantes argentinas. Llevaba un vestido azul oscuro muy escotado que le cubría hasta las rodillas su colosal silueta de niña, unos pendientes de plata y una gargantilla que hacía juego con los aretes. Desde la entrada pude sentir el aroma de su perfume y la sonrisa tierna se encendía como la antorcha olímpica en el verano, sus dientes blancos y su piel tersa, suave como una pera fina me hizo temblar y acelerar mi corazón a mil. Sus ojos color miel y la cabellera bien reluciente completaron mi dicha permitida en segundos; luego de concederle el asiento e intentando decir algo me detuve en medio del asombro y el frenesí, la pasión, el deseo me llevó a largas imaginaciones, cerré los ojos para sentirla dentro de mí, acariciando su rostro y besando sus inocentes labios.
Conversamos de todo en medio de la comida, las palabras que había expresado en un sueño en la tertulia con ella, había desaparecido por completo, abrí mi alma para describir mis sentidos y los versos que tenía para mi hermosa niña ya no aparecían; pero ante una muchacha tan bella como ella no podía quedar mal, mucho menos aburrirla hablando de temas que quizás ni entienda, inventé mil formas de mantenerla risueña, alegre, atenta e interesada en nuestra charla.
Reímos por pequeños detalles, la confesé mi admiración por su talento y entrega, le expuse mi concepto de la vida, le mostré sus fotos extraídos de los recortes de periódicos asi captaba su enorme sonrisa.
- ¿Esa soy yo?. . Sonreía mostrando sus blancos y bien cubiertos dientes.
- ¿Tú escribes poemas verdad? Me sentenció. Seguimos hablando del tema
Allí supe su gusto y fascinación por la poesía de corte romántico, por las baladas y el pop, me nombró a algunos autores que había leído; y me confesó que escribía un diario pero que le daba vergüenza publicarlos en alguna red social o mostrárselo a alguien. Desde allí quedé comprometido con mi asesoría gramatical y estilística.
Salimos del establecimiento como las 10:35 de la noche, embriagado de su belleza no resistí en invitarla a escuchar música en algún lugar que conocía, con la timidez de muchacha provinciana y rebosando alguna duda, seguro sintiendo algún miedillo, pero confiada en mis argumentos prolijos de aprendiz de poeta, accedió a mi invitación. Pensé en muchos lugares y terminé por elegir al suntuoso y bohemio distrito de Barranco. Llegamos al Café – Bar “La Noche del Poeta”, muy cerca al mar, se sentía el romanticismo y aire poético del lugar, la brisa acariciando nuestros rostros, el olor y sonido del pacífico nos rondaba en la noche.
Ingresamos; y, una vieja melodía clásica se escuchaba en el interior, pasamos por los corredores hasta dar con la escalera que nos conducía al segundo nivel, cuya vista panorámica daba con el mar. Un joven con uniforme guinda y sonrisa amable nos invita sentarnos y nos ofrece la carta de bebidas. Yo pedí un vodka con jugo de naranja y para Vivian que desconocía los nombres e inexperta en el tema, me pidió que yo decidiera por ella. De muchas opciones ordené un cóctel suave, daiquirí de bacardí con zumo de limón y acompañado de fresa, digno de una hermosa compañía, que no necesitaba embriagarse.
Se sentía el invierno capitalino, luego de escuchar música y deleitarnos con los 70s y 80s, salimos del lugar, acercándose el alba, el frío y las luces de la mañana venidera. Cubierta con mi chaqueta su delicado cuerpo nos marchamos de Barranco hacia otro rumbo, hasta ver el nuevo día, juntos. Nos perdimos en medio de la jungla de cemento, azotados por el invierno, la ciudad empezaba a despertar en medio del bullicio y los sueños de miles de personas.
Despertamos por los ruidos que venían de la calle, al verla tan tierna extraje el sobre blanco del bolsillo de mi chaqueta y la entregué en medio de su sorpresa, llevaba allí una rosa que me sustraje del antejardín de una vecina, aún conservaba su aroma y color. También todos los poemas que había escrito desde que el momento que mis ojos sucumbieron al verla jugar. Sin titubear y con la sonrisa extendida en todo su cuerpo me recibió el obsequio y nos marchamos.
…
Al día siguiente recibí la llamada más esperada de ese invierno.
- Gracias, es el mejor regalo que tendré en mi vida.
Pactamos vernos otra vez, antes que se marchara lejos y por un periodo notable hacia el exterior con la selección juvenil como parte de un torneo internacional.
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Todos los Derechos Reservados
Cali - Colombia MMXII
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