Mi libertad bajo las palabras, libertad de escribir para seguir viviendo.
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Salí de Huaraz a las cinco de la mañana.
La noche anterior había terminado mal con la mujer que amo, y cuando encendí el motor no era yo quien conducía. Eran mis manos las que sujetaban el volante, mis ojos los que miraban la carretera, pero mi alma se había quedado lejos, atrapada en alguna conversación inconclusa, en alguna palabra que no debió decirse o en algún silencio que debió romperse.
El amanecer comenzaba a desplegarse sobre las montañas. Los picos nevados se teñían de oro y el valle despertaba lentamente con una majestuosidad capaz de reconciliar a cualquier hombre con la existencia. Pero la belleza del mundo y la tristeza del corazón hablan idiomas distintos. Yo contemplaba aquel espectáculo como quien mira un cuadro desde detrás de un vidrio empañado.
La música sonaba baja, melancólica. Avanzaba casi por inercia. Hubo momentos en que descubrí que el velocímetro marcaba ciento cincuenta kilómetros por hora y me pregunté cuánto tiempo llevaba conduciendo así, ausente, convertido en una especie de muñeco de nieve animado por costumbre más que por voluntad.
Pensaba en ella.
Pensaba en mí.
Pensaba en esa pregunta que todos nos hacemos cuando alguien que amamos nos señala nuestras sombras: ¿seré realmente tan malo como ella cree?
A veces sentía que las lágrimas querían abrirse paso, pero seguía avanzando.
Entonces, cerca del cruce hacia Aija, sucedió algo inesperado.
Dos mujeres me hicieron señas al borde de la carretera.
No parecían ser de la zona. Frené más por instinto que por decisión. Una de ellas se acercó a la ventana y, con una cortesía tan extraña como sincera, me pidió que las llevara hasta Chancay. Era una emergencia, dijo.
Me ofrecieron pagarme bien.
Pero en aquel momento el dinero era la cosa menos importante del mundo.
Una subió adelante. La otra ocupó el asiento trasero.
Tenían los ojos hinchados. Habían llorado.
Y por alguna razón sentí que ellas estaban más tristes que yo.
La que se sentó a mi lado se presentó.
—Me llamo Paola.
Su voz tenía ese temblor que dejan las noches difíciles.
Seguimos avanzando. La carretera parecía interminable. Afuera corría el paisaje inmenso de la sierra; adentro viajábamos tres desconocidos acompañados únicamente por la música y por nuestras respectivas heridas.
Yo permanecía taciturno.
Ella fue quien rompió el silencio.
—Señor, ¿le sucede algo?
No tenía ganas de responder. Pero a veces es más fácil hablar con un desconocido que con alguien cercano. Le conté apenas unas pocas cosas.
Ella sonrió con tristeza.
—Seguro es el amor.
Asentí.
No hizo falta decir más.
Entonces me contó parte de su historia. Era enfermera. Su hermana dormía detrás. Su madre estaba internada de emergencia en un hospital.
No pregunté detalles.
Hay dolores que no necesitan explicarse para ser comprendidos.
Durante horas hablamos de la vida. De los sueños. De las decepciones. Incluso de política. Ellas intentaban hacerme reír de vez en cuando, aunque yo seguía habitando otro planeta.
Y mientras las escuchaba, ocurrió algo extraño.
Mis problemas seguían siendo los mismos.
Mi corazón seguía roto.
La mujer que amaba seguía lejos.
Pero comprendí que el sufrimiento nunca es exclusivo. Cada persona que vemos caminando por el mundo libra una batalla invisible. Algunos la esconden mejor que otros.
Yo creía estar viviendo una tragedia.
Hasta que me encontré con dos mujeres atravesando la suya.
Finalmente llegamos a su destino.
Descendieron del vehículo.
Me agradecieron.
Me pagaron.
No sé cuánto me dieron exactamente; solo descubrí después que alcanzaba para el combustible.
Nos despedimos.
Y nunca más las vi.
Volví a la carretera rumbo a Lima.
Pensé en las deudas que debía pagar. Pensé en las preocupaciones cotidianas. Pensé en el incierto mañana que me esperaba al llegar a casa.
Pero también pensé en algo más.
Quizá la vida no consiste en resolver nuestros dolores, sino en cruzarnos con otros seres humanos mientras los cargamos.
Quizá por eso existen los encuentros inesperados.
Quizá por eso tres desconocidos compartieron aquella mañana una misma carretera.
Ahora estoy en casa.
Un partido de fútbol intenta distraerme.
La deuda del banco sigue allí.
Mis preocupaciones también.
Y la melancolía continúa sentada en algún rincón de mi alma, negándose a marcharse.
Por momentos pienso en beber para olvidarlo todo.
Pero recuerdo una promesa y dejo la idea pasar.
Entonces comprendo algo.
La tristeza es como una pasajera más.
Hay días en que sube al vehículo de nuestra vida sin pedir permiso.
No podemos obligarla a bajar.
Solo podemos seguir conduciendo.
Con la esperanza de que, en algún tramo del camino, el paisaje vuelva a parecernos hermoso.
Autor:
Trilce Aldeano
Todos los Derechos Reservados ©️
Lima 202606201630

1 comentario:
Hola Poeta, como siempre sorprendes con algo, leerte es lindo. Admiro profundamente tu literatura. Bendiciones.
Claudia.
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